Leyenda y verdad de "mariachi"
Banda musical mariachi.
Entre abril de 1862 y marzo de 1867, un numeroso contingente de tropas del imperio de Napoleón III invadió a México. Entró primero con el pretexto de cobrar la deuda externa que se tenía en aquel entonces con Francia y que había sido concedida en términos leoninos; luego se quedó con la excusa de sostener al imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867).
Los invasores no lograron sus objetivos, pero su presencia sirvió para que se tejieran algunas leyendas; entre ellas, la de que la palabra ‘mariachi’ tiene origen francés y que se deriva de ‘mariage’ (‘boda’).
Supuestamente, durante su estancia en México, algunos soldados franceses (acampados en la región que hoy es el estado de Jalisco) contrajeron matrimonio con damas mexicanas. Las ceremonias incluían fiestas amenizadas con música autóctona.
Los no invitados a la fiesta o las personas que acertaban a pasar por el lugar preguntaban qué ocurría, e invariablemente recibían como respuesta: “C’est un mariage”. De esto a llamar ‘mariachi’ al conjunto musical, sólo hubo un paso. Desde entonces, ‘mariachi’ se divulgó por todo México y por el mundo entero. Tal es la leyenda.
Sin embargo, todo ello es falso: carece de sustento histórico y documental. Así lo han demostrado varios musicólogos investigadores. Insatisfechos con aquella versión, ellos buscaron el verdadero origen de la palabra ‘mariachi’, de manera que hoy coexisten varias teorías al respecto, todas más sólidas que la leyenda afrancesada.
Canto religioso. Recientemente, Jesús Jáuregui ha publicado un hermoso libro bajo el título de El mariachi (Editorial Taurus, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2007). Sus páginas contienen varias de esas teorías; pero, antes que él, otros intelectuales expusieron diversas explicaciones. Entre ellos están José Ignacio Dávila Garibi, Raúl Hellmer, Hermes Rafael, Luis Enrique Orozco, Ramón Talavera y José L. Hernández.
La teoría que alude al hecho más remoto en el tiempo, sostiene que ‘mariachi’ se deriva de un canto religioso dirigido a alabar a la Virgen María, enseñado por los misioneros españoles a los indígenas de la etnia Coca, asentados en la zona de Cocula (estado de Jalisco, centro occidental de México).
Traducido al idioma de los nativos, el canto decía: “María, ce son” (María, te amo), frase que, pronunciada con la cadencia de la lengua indígena, sonaría “María she” o “shi”; más rápidamente, ‘mariachi’.
Además, la etnia Coca era proclive a la música, y esto facilitó que ella construyese sus propios instrumentos a la usanza española. Algunos eran rudimentarios, como la vihuela con concha de armadillo y lo que ahora conocemos como ‘guitarrón’, que llevaba cuerdas elaboradas con tripas de algún animal.
Una derivación de esa teoría se refiere a que el vocablo ‘mariachi’ es una mezcla de palabras de las lenguas utilizadas por las etnias Cahita y Tarahumara y que significaba “lo que suena como corrido” (en alusión a la rapidez con la que los músicos ejecutaban sus canciones).
Con los años y la influencia de la etnia Coca, el significado habría mudado a “violines del cerro” o “lo que suena en el cerro”. Conforme la música se hizo conocida en una región más amplia, los significados mencionados fueron perdiéndose y el vocablo se quedó solo para nombrar al conjunto musical.
¿Finca o árbol? Otra versión, basada en documentos, sostiene que la palabra ya se conocía desde la década de 1830. En los archivos de una parroquia en el estado de Nayarit se encontraron más de cien actas de bautizo, bodas y defunciones correspondientes a un rancho (o finca) llamado ‘Mariachi’ o, con una ligera variante, ‘Mariache’.
De tal manera, la palabra se conocía desde mucho antes de que los invasores franceses llegasen al territorio mexicano. Además, Nayarit es un estado que se ubica en la región geográfica donde nació el conjunto musical que nos ocupa (región centrooccidental de México).
Una versión más propone que la palabra ‘mariachi’ se deriva del nombre de un árbol. De este se extraía la madera con la que se elaboraban las tarimas hechas para los bailes zapateados organizados en todo México, pero en especial en el centro occidental.
Así, primero el árbol y luego la madera habrían “bautizado” posteriormente al conjunto musical que acompañaba a los danzantes. Empero, vale decir que esta teoría no tiene muchos adeptos.
La teoría que en los últimos años se considera más creíble, no nos dice con exactitud de dónde proviene tal palabra, pero nos indica la primera vez en la que se la encontró escrita directamente relacionada con una fiesta o un festejo en el que hubo música de por medio.
Fiesta. ‘Mariachi’ aparece en una carta dirigida por el cura de la parroquia de Rosamorada (Jalisco), Cosme Santa Anna, a su superior eclesiástico.
En dicha misiva, Santa Anna cuenta que se consideró obligado a suspender unos festejos populares porque creyó que la gente se había excedido en el juego de naipes y en la ingestión de licor.
El cura Santa Anna escribe al obispo para justificar sus acciones: “Aquello ya es un desorden lamentable; sé que esto es en todos los años en los días solemnísimos de la resurrección del Señor y solo que ya sabemos cuantos crímenes y ecsesos [ sic ] se cometen en estas diversiones, que generalmente se llaman por estos puntos mariachis”.
Líneas adelante, el cura de Rosamorada llama ‘fandangos’ a lo que primero denominó ‘mariachis’. Así, es lógico suponer que las fiestas recibían entonces cualquiera de los dos nombres y que ‘mariachi’ se fue imponiendo como nombre del conjunto musical, mientras que, para denominar las fiestas en general, se quedó ‘fandango’, término que aún se usa en varias partes de la República Mexicana.
Como dato curioso, cabe mencionar que el cura fue reprendido por su superior por meterse en asuntos que correspondían a la autoridad civil. Esto sorprende pues, en aquellos años, todavía no se había producido la separación entre la Iglesia y el Estado, consumada por la Guerra de Reforma (1857-1860).
Universal. Otro sacerdote es autor del segundo documento que se vincula de manera directa con la palabra ‘mariachi’. Se trata del cura Ignacio Aguilar, quien narra la historia en la entrada de su diario del 3 de mayo de 1859.
Según Aguilar, durante una estancia forzada en Tlalchapa (estado de Guerrero), él fue invitado por el prefecto civil a una ‘berbena’ ( sic ) en la que “las músicas, o como allá se dice el mariachi, [estaban] compuestas [...] por arpas grandes, violines y tambora [que] tocaban sin cesar”.
El sacerdote se refiere a la música y no al grupo musical, pero es evidente que poco a poco se fue trasladando el nombre al grupo para conocerlo como se hace en la actualidad en todo el mundo, sin que tuvieran que ver los franceses en su bautizo.
Capítulo aparte merecen tanto el origen del conjunto musical como su vestimenta. Por lo pronto, basten estas líneas, deudoras de musicólogos e investigadores, para ir más allá de una leyenda que se convirtió en una versión sin fundamento. Así sucede con muchas historias de origen incierto.
De cualquier manera, a pesar de que es importante conocer el verdadero origen de las palabras, importa también seguir gozando de una música que se ha hecho universal y que ya es patrimonio de varios pueblos: propio o “importado” por amor a las serenatas, a la hermandad y a la alegría.
Pedro González Olvera
El autor es diplomático mexicano y dirige el Instituto de México en Costa Rica

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